Apagar un país: la obra del socialismo venezolano

En Venezuela, los apagones recurrentes son atribuidos por el discurso oficial a factores externos como el clima o fenómenos naturales, evadiendo la responsabilidad. Sin e

En Venezuela, la sombra de los apagones se cierne con una frecuencia alarmante sobre el día a día de sus ciudadanos. Cada vez que el país se sumerge en la oscuridad, el discurso oficial emerge con una precisión casi mecánica, atribuyendo la interrupción del servicio eléctrico a una serie de factores externos: el implacable calor, los efectos del cambio climático, la sequía que afecta los embalses, e incluso inusuales tormentas solares. Esta narrativa oficial, que busca explicar la crisis a través de fenómenos naturales o ajenos a la gestión interna, ha sido una constante en la última década.

Sin embargo, la paciencia y credulidad de los venezolanos han llegado a su límite. La población ya no se conforma con estas excusas, pues experimenta de primera mano la cruda realidad de un sistema eléctrico en colapso progresivo. La percepción generalizada es que la recurrencia y la magnitud de los cortes de energía no son eventos aislados ni producto de fuerzas incontrolables, sino la consecuencia directa de años de desinversión, falta de mantenimiento, gestión ineficiente y presunta corrupción dentro de las instituciones encargadas del sector.

El colapso del sistema eléctrico venezolano es un reflejo de una crisis estructural que va más allá de las variaciones climáticas. Expertos y analistas coinciden en señalar que la infraestructura energética del país, que alguna vez fue robusta, ha sufrido un deterioro significativo debido a la ausencia de planes a largo plazo, la fuga de talento técnico calificado y la politización de la empresa estatal. Las centrales termoeléctricas operan por debajo de su capacidad o están completamente paralizadas, y la dependencia de la generación hidroeléctrica, como la de la represa de El Guri, la hace vulnerable a las fluctuaciones de los niveles de agua y a la falta de inversión en su mantenimiento.

La situación tiene un impacto devastador en la calidad de vida de los venezolanos y en la ya debilitada economía del país. Los apagones afectan hogares, hospitales, escuelas y empresas, paralizando actividades esenciales y exacerbando las dificultades cotidianas. Más allá de las explicaciones oficiales, la experiencia colectiva ha forjado una convicción: el apagón de un país es, para muchos, la ineludible obra de un modelo de gestión que ha llevado al sector energético a su punto más crítico.