La crisis del Estrecho de Ormuz expone una falla fatal en el pensamiento económico

La recurrente tensión en el Estrecho de Ormuz, un punto neurálgico para el tránsito global de petróleo, sirve como un crudo recordatorio de las limitaciones inherentes a

La anécdota de un economista en una isla desierta que, ante la necesidad de alimentarse, responde con un simple “asuman un pescado”, es más que un chiste recurrente. Este relato encapsula una crítica fundamental a la teoría económica contemporánea: su tendencia a abstraerse de las complejidades del mundo real, simplificando variables o asumiendo condiciones ideales que rara vez se materializan. Si bien esta abstracción es útil para la construcción de modelos, a menudo desconecta la teoría de las realidades tangibles y, en ocasiones, brutales del entorno global.

En el sector energético, esta desconexión se manifiesta con particular crudeza en situaciones como las crisis recurrentes en el Estrecho de Ormuz. Este estrecho no es solo una franja de agua; es un cuello de botella estratégico vital por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial, conectando a los principales productores de Oriente Medio con los mercados globales. Cualquier interrupción, tensión geopolítica o incidente en esta vía fluvial tiene un impacto inmediato y perceptible en los precios del crudo, la confianza de los inversores y la seguridad energética a nivel planetario.

La teoría económica tradicional, al enfocarse primordialmente en la oferta y la demanda abstractas, a menudo subestima o no incorpora adecuadamente los riesgos geopolíticos inherentes, las limitaciones físicas de la infraestructura (como la capacidad finita de un estrecho) y la volatilidad impulsada por acciones de actores estatales o no estatales. Estos elementos, que son de vital importancia para la estabilidad del mercado energético, suelen ser tratados como “externalidades” o variables exógenas en los modelos, en lugar de ser considerados componentes centrales de la matriz económica y de riesgo.

Por ello, es imperativo un enfoque económico más holístico y pragmático que reconozca la interconexión ineludible entre la economía, la geopolítica y los recursos físicos. Para el sector energético, esto implica desarrollar modelos y políticas que no solo consideren factores de mercado tradicionales, sino también la resiliencia de la cadena de suministro, los riesgos políticos inherentes a regiones clave y la capacidad de adaptación ante interrupciones en puntos críticos como el Estrecho de Ormuz. Solo así se podrá garantizar una evaluación más precisa y una gestión más efectiva de la seguridad energética global.