Economista advierte que la dolarización formal de Venezuela sería irreversible y ataría al país a la Reserva Federal de EE. UU.

El economista Asdrúbal Oliveros analizó la propuesta de una dolarización formal en Venezuela, destacando su pertinencia ante la prolongada inflación que ha afectado al pa

El reconocido economista Asdrúbal Oliveros se pronunció recientemente sobre el creciente debate en torno a una posible dolarización formal de la economía venezolana, un tema que considera de suma importancia frente a la persistente y severa inflación que ha azotado al país por décadas. Oliveros subrayó la naturaleza irreversible de una medida de esta magnitud y las profundas implicaciones que tendría para la soberanía monetaria nacional. Su análisis resalta la urgencia de abordar la inestabilidad económica que ha caracterizado al país.

En una entrevista con el Circuito Éxitos, el especialista enfatizó que la discusión sobre la dolarización es pertinente dada la histórica inestabilidad económica de Venezuela. Recordó que el punto de inflexión de esta problemática se remonta a 1983, con el emblemático "Viernes Negro", un evento que marcó el inicio de una era de devaluaciones y crisis monetarias recurrentes que han deteriorado el poder adquisitivo y la confianza en la moneda local.

Según Oliveros, adoptar el dólar estadounidense como moneda oficial implicaría una dependencia directa de las decisiones de política monetaria de la Reserva Federal de EE. UU., limitando drásticamente las herramientas económicas del Banco Central de Venezuela. Esta pérdida de autonomía en la gestión de la inflación y la oferta monetaria tendría consecuencias de largo alcance para la formulación de políticas fiscales y la capacidad de respuesta ante choques externos.

Consecuencias para el pilar económico

Para el sector energético venezolano, pilar fundamental de la economía, una dolarización formal presentaría un escenario dual. Por un lado, la estabilización de la moneda podría generar mayor confianza para la atracción de inversiones extranjeras directas en proyectos petroleros, gasíferos y de energías renovables, mitigando el riesgo cambiario y la incertidumbre inflacionaria que han ahuyentado capitales. PDVSA, la principal empresa estatal, vería sus costos operativos y de inversión más transparentes y estables en moneda dura, facilitando la planificación financiera y la negociación de contratos vitales.

Sin embargo, la dolarización también plantearía desafíos significativos. La eliminación de la capacidad de devaluar la moneda para estimular exportaciones no afectaría directamente las ventas de crudo (ya denominadas en dólares), pero sí la competitividad de otros sectores exportadores y la estructura de costos internos. Además, la transición podría generar presiones sobre los precios de los combustibles y servicios básicos si se eliminan subsidios en moneda local, impactando el consumo interno de energía. La gestión de los ingresos petroleros, que son vitales para el presupuesto nacional, estaría directamente ligada a la oferta de dólares y a las dinámicas del mercado internacional sin la "válvula" de ajuste monetario local.

La posibilidad de una dolarización formal obligaría a una profunda reestructuración de la economía, con implicaciones directas en la planificación a largo plazo de los proyectos de infraestructura energética y la viabilidad de la producción de hidrocarburos. La capacidad de Venezuela para gestionar su riqueza petrolera y su sector eléctrico dependería, en gran medida, de un entorno económico más estable, pero a la vez, sujeto a las decisiones monetarias de otra nación.

En resumen, la dolarización representaría un cambio estructural de enorme magnitud para Venezuela, con repercusiones que trascenderían lo meramente monetario para incidir profundamente en la operatividad de sus industrias clave, especialmente la energética. La decisión, como advierte Oliveros, no solo sería irreversible, sino que redefiniría la arquitectura económica del país por generaciones.